Bueno, después de mucho tiempo, idas y vueltas, enmiendas e irregularidades, finalmente se aprobó el proyecto de ley tan polémico que aplica una suba importante de impuestos a todos los productos tecnológicos que no sean fabricados en Tierra del Fuego (incluso si son de otras provincias argentinas, no importa). Se espera que esta ley termine repercutiendo en un aumento de hasta el 35% en la tecnología.
O sea, si en Argentina ya pagamos el doble o el triple que en el resto del mundo (por ejemplo, una desktop que en Estados Unidos está a US$200, acá la pagamos a US$600, y mejor ni convertirlo a pesos porque nos desmayamos), ahora a eso va a haber que agregarle un porcentaje más, y bastante alto. Y si esto garantizase que la industria tecnológica argentina va a crecer, bienvenido sea. Pero ni por lógica ni por experiencia parece que eso fuese a pasar.
Los argumentos en contra y a favor, ya fueron todos dichos. A mi sigue pareciendo una forma más de meterle la mano en el bolsillo a la gente, y que, como siempre, perjudicará a los que menos tienen. Las clases más acomodadas podrán comprar notebooks (que quedan excluidas, curiosamente), y las más humildes económicamente, tendrán que ahorrar todavía más para poder comprar una PC de escritorio.
El sabor que nos queda es amargo, una sensación de atropello e impotencia. Y, desafortunadamente, familiar. Porque esto es a lo que nos tienen acostumbrados a los argentinos desde hace demasiados años. Más impuestos, más decretos, más inflación, más pobreza y más desigualdad. Y la sensación de que no se puede hacer nada al respecto.

